Por Tomás I. González Pondal
Hace poquito he terminado de leer el libro del Padre. Charles Murr, titulado ‘Asesinato en el grado 33’. Tal como su subtitulo lo indica, la obra tiene por temática principal “la investigación de Gagnon sobre la masonería en el Vaticano”, y en dicha trama también aparece la cuestión del supuesto asesinato de S.S. Juan Pablo I llegado a los 33 días de su pontificado. ¿Y quién fue Gagnon? Fue un Cardenal al que el propio Pablo VI le encomendó la referida investigación. ¿Y quién es el P. Murr? Un sacerdote que aún vive, autor de varios libros, y quien ha sido íntimo amigo del Cardenal de marras.
En el texto del Padre Charles Murr se tratan las idas y vueltas de una investigación que llevó tres años. Desfilan hombres que se dicen estar contra la masonería, como el Cardenal Benelli y Monseñor Mario Marini, y hombres que se los encuentra directamente afiliados a ella, como el Cardenal Baggio, el Cardenal Villot, el Cardenal Casaroli, el Arzobispo Paul Marcinkus, y, no podía faltar, el célebre masón, R.P. Annibale Bugnini, autor principalísimo de la invención llamada Novus Ordo Missae o Nueva Misa, extendida por todo el mundo desde 1969, en intento –digámoslo sin rodeos- de que la gente eche en olvido la Misa Católica bimilenaria también conocida como Tridentina o Misa de siempre.
Conviene destacar –y el libro lo hace con insistencia- el escalofriante papel del masón, Cardenal Sebastiano Baggio (hermano sebastiano era su nominación masónica). ¿Cuál fue su misión? Era el Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos: el encargado del nombramiento de obispos a nivel mundial. En palabras del Padre Charles Murr, Baggio “había elegido a los líderes católicos de todo el mundo desde 1973.” (Asesinato en el grado 33, Orlando, 2025, p. 128).
El libro del Padre Murr revela con bastante precisión el comportamiento de los tres Papas a los que el Cardenal Gagnon puso delante los tres paquetes que contenían la investigación que realizó y que acompañó con documentos contundentes: 1. Pablo VI, Pontífice que le encargó directamente la investigación, le devolvió los paquetes al Cardenal diciéndole derechamente “que se encargue de esto mi sucesor”, a lo que el investigador contestó: “Santo Padre, por favor, dígame que no está hablando en serio; todo esto no puede ser simplemente ignorado y dejado para que alguien más se ocupe de ello” (ob. cit. p. 90). 2. Juan Pablo I, informado de lo que hacía Baggio al parecer quiso hacer algo, pero, como sabemos, murió a los pocos días de ser nombrado sucesor de Pedro. 3. Juan Pablo II, no solo tardó cuatro meses en recibir a Gagnon en el Vaticano, no solo no prestó atención a los paquetes con la información, sino que “había reconfirmado a todos los demás en la Curia Romana en el mismo puesto que tenían bajo el Papa Pablo VI. En otras palabras, el cardenal Sebastiano Baggio seguía a cargo de los obispos del mundo, y su amigo, el cardenal Jean Villot, seguía siendo Secretario de Estado del Vaticano” (ob. cit. p156). En otro lugar se lee: “No solo el Papa reconfirmó a todos los miembros del corrupto gobierno del Vaticano en su lugar, sino que ¿ahora esto?” (se refería a los favores hacia Baggio y Villot) (ob. cit. p. 161); hace constar el escritor que “la audiencia había sido un desastre” (ob. cit. p. 171), tan desastrosa que Gagnon tomó una decisión: “Me voy de Roma, me voy del Vaticano. Que se revuelquen en su corrupción si es su voluntad. En cuanto a mí, no seré parte de ello ni un día más” (ob. cit. 171).
Del dialogo entre Juan Pablo I y el Cardenal Gagnon, tenemos estas palabras pronunciadas por el Papa: “Cualquier católico –laico o clérigo- que entre en la masonería, incurre en excomunión automática. Canon 2335” (ob. cit. 127). Recuérdese que regía en aquel entonces el Código de Derecho Canónico de 1917. Gagnon acotó: “La ‘experimentación’ litúrgica ha sido desenfrenada, haciendo un juego de los ritos más solemnes de la Iglesia. Y él presidió esta revolución (…); el obispo Annibale Bugnini, ex secretario de la Sagrada Congregación para el Culto y orgulloso arquitecto del Novus Ordo Missae (1969),la llamada ‘Nueva Misa’, técnicamente sí” (ob. cit. p. 127).
Hasta aquí mencioné cosas del libro del Padre Charles Theodore Murr, escrito que en poco tiempo se ha convertido en un bum de ventas a nivel mundial, y que ha recibido elogios como el del Dr. Peter A. Kwaniewski.
Me es imposible evitar algunos comentarios míos:
Gente culta y que es considerada ‘seria’ reconoce a viva voz que el libro del Padre Murr no tiene en absoluto nada de “teorías conspiranóicas”, sino que está fundado en hechos reales.
Resulta inentendible que promotores de la obra, que se hacen llamar Tradicionales, actúen como si ignorasen la historia y continúen defendiendo, en lo teórico y en lo práctico, reformas litúrgicas de procedencia liberal-masónica-revolucionaria. Para algunos, la fama y los puestos justifican los entuertos, los malabarismos inescrupulosos, y las galimatías insufribles.
Resultan atroces los comportamientos de S.S. Pablo VI y de S.S. Juan Pablo II, el primero pasando la papa de la cuestión masónica a su sucesor, el segundo acogiendo a eclesiásticos afiliados a la masonería. Dichas complicidades me sugieren dos analogías aplicables a cada uno de esos modos de obrar: 1. Me entero de que hay quienes están echando veneno dentro del tanque de agua de mi vecino, todos los días, por la noche, y digo ‘bueno, cuando me vaya de mi casa, que otro se encargue de avisar. 2. Sé quiénes son los envenenadores y los apruebo. Veamos: informe en mano copiosamente documentado; listado de eclesiásticos masones; Baggio y Bugnini, dos principalísimo masones; un canon que reservaba excomunión automática para los afiliados a la masonería; y, con todo, ¿a título de qué a dichos personajes, o simplemente se los mandaba a alguna región lejana como Annibale Bugnini que se lo despachó con el cargo de Nuncio a Irán, o se los movía a algún otro cargo dentro de Vaticano?
Aunque a muchos no les guste oírlo, para el párrafo anterior tengo una sola respuesta: hay complicidades, de variadas formas, pero complicidades al fin. Y de más está decir que se trata de procederes papales ante quienes son enemigos acérrimos de la Iglesia, y no del de un simple vecino. Mucho peor que envenenar cuerpos es el envenenar almas. Tratar con tanta condescendencia a la masonería enemiga hace saltar todas las alarmas: por eso no es de extrañar encontrar a Pontífices conciliares y post-conciliares tratando a los masones en documentos y en la práctica, de “amigos”, y eso con respaldo en el documento Nostra Aetate (cosa que lo invocan).
Los desvaríos del modernismo quedaron bien coronados en Concilio Vaticano II, y después lo que se vio fue un desarrollo operado in crescendo hasta nuestros días. Esto también está perfectamente documentado, y aquí el libro del Padre Murr no da en el clavo.
Cuesta entender el comportamiento de quienes aún sabiendo las procedencias de las reformas, practicaron dichas reformas.
Todo lo anterior son elementos que se suman para entender por qué en verdad quisieron castigar a Monseñor Lefebvre y su proceder, por qué quisieron generar el fantasma del malo sobre tan valiente defensor de la Tradición Católica, de la Misa de siempre. Todo tiene su lógica.
Se habla de "miedos", y lo puedo comprender perfectamente en quienes bebieron primeramente durante años invenciones presentadas como católicas y que no lo eran: la pantalla engañosa que se montó no fue pequeña.
Hay quienes hablan de “miedos” en los comportamientos de los papas del Concilio Vaticano II y de los pontífices post-conciliares. Tendrán sus razones y las respeto, pero no me resultan del todo convincentes. Y doy mi fundamento: Juan XXIII, como lo prueba la historia (véase sino el libro del R.P. Didier Bonneterre, El movimiento litúrgico), antes de ser elegido Papa, siendo el Cardenal Roncalli, ya mostraba sus grandes simpatías por reformas y experimentos modernos; Pablo VI, así lo hace saber la historia (véase sino el libro de Ralph Wiltgen, El Rin desemboca en el Tiber), apoyaba a los liberales; Juan Pablo II, la historia es contundente (véase sino el libro del R.P. Johannes Dörmann, El Itinerario Teológico de Juan Pablo II), fue un decidido partidario de las reformas litúrgicas y la nueva teología; Benedicto XVI, la historia lo dejó establecido (véase sino su libro La Iglesia se mira a sí misma), también compartió, por convicción personal, las reformas, el movimiento ecuménico y la nueva teología; Francisco, ¡oh historia de historias!, desbordó en todo tipo de simpatías hacia lo novedoso, coronando eso con un Sínodo de la Sinodalidad que lleva en sí premisas netamente masónicas. Si hubo miedos los veo más bien engendrados por temáticas que comprometían cosas personales, mas, en lo tocante al sostenimiento, defensa, difusión y promulgación de novedades que bregaron contra la fe católica, más que miedo encuentro convicciones.