Una de las imágenes más impactantes del siglo XX muestra a un sacerdote confesando a un hombre segundos antes de ser fusilado.
Detrás hay hombres armados.
El condenado está de rodillas.
El sacerdote sostiene un crucifijo.
Pero lo que muchos no saben es el terror que había detrás de esa escena.
Era Cuba, enero de 1959.
Los llamados “barbudos” de la revolución de Fidel Castro habían tomado el poder.
Y comenzaron los fusilamientos.
Sin tribunales.
Sin abogados.
Sin pruebas.
Multitudes agitadas gritaban:
“¡Paredón! ¡Paredón!”
Mientras los nuevos jefes revolucionarios condenaban a muerte a personas en juicios improvisados o simplemente por decisión de un comandante.
Aquellos días fueron descritos por testigos como una orgía de venganza, odio y terror político.
En medio de esa violencia apareció una escena que recorrió el mundo.
Un sacerdote católico escuchando la confesión de un condenado a muerte.
La fotografía terminaría ganando el Premio Pulitzer de 1960.
Pero detrás de esa imagen hay una historia profundamente humana y dramática.
EL HOMBRE QUE IBA A MORIR
El condenado se llamaba José Rodríguez, conocido como “Pepe Caliente”.
Era cabo del ejército cubano y padre de siete hijos.
Vivía modestamente con su familia en la provincia de Matanzas.
Cuando los revolucionarios tomaron el poder fue arrestado y llevado al castillo de San Severino, donde comenzaron los fusilamientos.
Allí lo sentenciaron a muerte.
No hubo tribunal real.
No hubo defensa.
Solo un comandante revolucionario que gritó la sentencia frente a la multitud.
EL CLIMA DE TERROR
Las ejecuciones se hacían públicamente.
Había fotógrafos, corresponsales y gente del pueblo que acudía como si fuera un espectáculo.
Muchos gritaban pidiendo sangre.
El odio revolucionario había desatado lo peor del ser humano.
Fue en ese momento cuando el condenado fue empujado hacia el patio del castillo.
Allí estaba un sacerdote.
EL MOMENTO QUE CONMOVIÓ AL MUNDO
Cuando vio al sacerdote, el hombre cayó de rodillas y dijo:
“Padre… usted es el único amigo que tengo aquí.
Todos me acusan…
¡Ay, mis hijos! ¿Qué será de ellos?
Confiéseme, que yo soy católico.”
El sacerdote sacó una pequeña estola y un crucifijo.
Rodeados de hombres armados con metralletas, escuchó su confesión y le dio la absolución.
Era el padre Domingo Lorenzo, párroco de Matanzas.
LA FOTO QUE CASI DESAPARECE
Un fotógrafo logró captar la escena.
Los revolucionarios intentaron confiscar todos los carretes para que no quedaran imágenes.
Pero un fotógrafo extranjero logró escapar con los negativos.
Gracias a eso el mundo conoció la escena.
La imagen se volvería una de las fotografías más famosas de la historia.
UN SACERDOTE ENTRE LA MUERTE Y LA MISERICORDIA
El padre Domingo Lorenzo había conseguido un permiso especial para entrar a la prisión.
Su misión era sencilla y heroica:
Confesar y acompañar espiritualmente a los condenados antes de morir.
Muchos de ellos murieron después de recibir los sacramentos.
Luego empezaron a atosigar al padre, hasta que le ordenaron que dejase Cuba si no quería ir también al paredón.
El propio sacerdote relató años después lo que vivió durante aquellos días de terror revolucionario.
Por su interés, reproducimos en su integridad el artículo:
LOS FUSILAMIENTOS EN CUBA
Domingo Lorenzo – ABC, 22 de noviembre de 1962
La foto que días pasados fue objeto de vivos comentarios en periódicos españoles corresponde ciertamente al cabo del ejército del general Fulgencio Batista, presidente de la República de Cuba, y es de enero de 1959, cuando este cabo, llamado José Rodríguez o “Pepe Caliente”, fue sentenciado a muerte en el castillo de San Severino, en Matanzas. El sacerdote que le está oyendo en confesión en el patio del referido castillo es el que suscribe, padre Domingo Lorenzo, a la sazón párroco en la misma ciudad de Matanzas.
Fue el primer fusilamiento en la ciudad, sin tribunales, sin defensor, sin testigos, y sólo una persona habló, vociferó, gesticuló y sentenció por sí y ante sí; esta persona era el llamado comandante William Gálvez, a la sazón jefe del ejército rebelde en Matanzas. Fue pública la vista, con proliferación de fotógrafos, corresponsales de prensa, pueblo en general, que en medio de gran histerismo, deseosos de venganza, de sangre, ebrios de todo, pedían: “¡Paredón! ¡Paredón!” por todas partes, y eran pocas las personas que en aquel castillo había que no tuviesen un fusil o ametralladora en sus manos, un poderoso revólver al cinto y una canana cruzada desde el cuello al pecho y espalda.
Eran días de desenfreno, desbordamiento de todos los instintos primitivos del hombre-fiera salvaje. Era la revolución de los barbudos de Fidel Castro, que se asienta sobre montañas de cadáveres desde 1953 -cuartel Moncada- hasta hoy, con la consiguiente ruina de la patria esclavizada, destrucción de las familia, de las instituciones, de la economía, de la libertad, de todos los valores morales y virtudes heroicas de aquel país, digno de mejor suerte.
Conocí al cabo José Rodríguez en Jovellanos, un pueblo de Matanzas, en mis largos años por aquella zona, como a su familia, con siete hijos, que vivían pobremente en Jovellanos. Era un celoso guardián del Ejército y cumplidor del deber en las misiones que se le encomendaron. Nunca supe de qué le acusaban, porque entre aquella gritería ni se oían los cargos que le hacían. Sólo oí cuando William Gálvez dijo: “Pena de muerte por fusilamiento, y será fusilado ahora mismo. Traedme el garan (era el garan un fusil con mirilla telescópica), que yo mismo lo mataré”.
Lo empujaron por la escalera abajo hasta el patio, donde cayó en mis brazos, que le estaban esperando, y al verme cayó de rodillas diciendo: “Padre, usted es el único amigo que aquí tengo. Todos me acusan… Ay, mis hijos. ¿Qué será de ellos? Confiéseme, que yo soy católico”.
Rodeados de barbudos con metralletas bastante cerca de nosotros, el cabo de rodillas y yo en pie, con una pequeña estola y un crucifijo, le oí en confesión y le absolví. Estaban apurados por llevarle al paredón, y me urgían terminase pronto desde los corredores que circundan aquel castillo-fortaleza de tiempos de España, y el William ya estaba abajo con su fusil. Lo llevé yo mismo a la pared y al ir a vendarle no quiso que lo hiciera: quería morir como un militar.
En ese momento, y cuando ya estaba yo esperando la descarga, sonó la voz de William: “Llévenlo al calabozo. Ya no será fusilado hoy. Será mañana, cuanto todo esto esté despejado, que hay muchas mujeres aquí. Llévenselo…”
Y yo mismo lo conduje casi desmayado a uno de los calabozos, donde estaba su otro hermano preso también como muchos; cayó en sus brazos y ordenó el William que saliésemos del castillo, que los fotógrafos entregasen todos los carretes de sus cámaras con los negativos, que no quería fotos… Todos los entregaron menos un americano, que con su cámara corría por los corredores en dirección a la reja-puerta, mascullando: “Asesinos”, “Asesinos”, “Asesinos”.
Y esta es la foto en cuestión, única que se conserva en tres partes: una confesándose, otra besando el crucifijo y otra en el paredón, donde se aplazó el fusilamiento hasta el siguiente día al amanecer, que ya no vi, y lo llevaron a sepultar a Jovellanos. Nadie de su familia estaba allí, y al participárselo le hicieron firmar un escrito al hijo mayor “aprobando” el fusilamiento de su padre, lo que motivó una carta en el periódico ¡Adelante! Del señor Pimentel recriminando a este hijo.
¿Por qué estaba yo allí? Habían caído presos muchos amigos míos militares y civiles en los distintos cuarteles y prisiones. Deseaba visitarles en aquellos momentos de confusión, pena, dolor; cuando estaban sin afectos y sin permitírseles ver a familiares ni amigos. Como eran mis amigos y soy fiel a la amistad, y en horas de dolor está la prueba, me agencié un salvoconducto para visitar a todos los prisioneros de la República, escrito por Celia Sánchez, y firmado por Fidel Castro, que todavía conservo, y para atender en sus últimos minutos a los condenados a muerte. Y así estuve en ese castillo, en La Cabaña, en Príncipe, Varadero, Cárdenas, Jovellanos, Colón, Santa Clara, Cienfuegos, etc., donde había amigos míos presos, conocidos o no; pero presos, y sus familiares me requerían.
En honor a la verdad digo que en aquellas fechas me dieron toda clase de facilidades los barbudos. Era el “26 de julio” y con unos rosarios que llamaban “collaritos”, unas medallas y unos crucifijos regalados; un gorrito del “26 de julio” sobre mi cabeza, y mucho valor, se llegaba a todos los calabozos, se cruzaban todas las carreteras, guardarrayas, caminos y vericuetos a altas horas de la noche con un buen automóvil, salvando gente del paredón…
Era ya mucho para aquella tensión, después de haber asistido a cincuenta y ocho amigos fusilados. Estaba cansado, nervioso por la impotencia en que me vi de salvarlos en el tiempo y vida terrenal, incluso ni a los que me habían favorecido “antes” salvando a fidelistas a petición de ellos mismos, y “después” estos salvados no atendieron un ruego mío ni de nadie.
Todo era matar, matar, matar… Y después de muertos me los entregaban pasada la una de la madrugada. A aquella hora tenía que llamar a las funerarias, a los forenses, a los Juzgados; lavarlos, conducirlos a la funeraria, meterlos en la caja y después dar la noticia a sus viudas, hijos, padres… y las escenas eran desgarradoras. Había que acompañarlos al cementerio, adonde iban solo los familiares y algunos barbudos.
Me atreví a acompañar el duelo en el cementerio de Matanzas y en el de Colón, de La Habana, y… ya no me dejaban vivir. Era bien claro el marxismo despiadado y bien ensayado, y un día me llamaron al cuartel de Matanzas y me ordenaron que dejase Cuba si no quería ir también yo al paredón “por ser el único defensor del ejército de Batista y de los llamados criminales de Guerra” (que tenían un alma que salvar también).
Era un viernes, y el sábado, a las cinco de la tarde, en uno de los aparatos de Iberia, salí para Madrid, adonde llegué el cinco de abril de 1959. Muchas más cosas yo sé que no caben en cuartillas. Lo que pasó después todos lo conocemos.
¡Dios salve a Cuba!
Incluso en medio del odio y la violencia revolucionaria, la Iglesia estaba allí para salvar almas.
Un sacerdote.
Un crucifijo.
Una confesión antes de morir.
Y una fotografía que recordó al mundo que ni siquiera el terror puede borrar la misericordia de Dios.
